
Ese día estaba con mi hermana. Mi hijo llegó con su novia y siguió para su cuarto. Venía mal y yo no lo sabía ni lo veía. Venía de Narcóticos Anónimos y no le había gustado y yo tampoco sabía.
Fue su fondo. Fue tocar fondo para él y no pudo soportarlo. El dolor le salía por los poros, se transformaba en violencia y gritos y aún así no lograba taparlo. Seguía doliendo. Y así fue que escuchamos que alguien nos llamaba. Y fuimos corriendo…Era su novia que lloraba y él, él que gritaba y yo, yo que no entendía. Y mi hija más chica que se fue, abrió la puerta y yo ni sé dónde se fue. Y él que gritaba que se quería morir, que quería irse, que no nos quería hacer más daño y yo que me puse en la puerta.
Entonces lo abracé y sentí, sentí bien adentro que él precisaba ayuda y yo no sabía que le estaba pasando. Como una ciega, como una sorda, como… y entonces me dijo, me gritó en la cara, llorando me dijo: “Mamá yo fumo pasta base, ¿no te diste cuenta? y no puedo más, no puedo más y de esto no se sale y nadie me va a poder ayudar” Y ahí, ahí me entregó las llaves de casa y me dijo: “no me dejes salir”…
Lo que yo no quería ver, lo que yo había desechado por imposible, estaba allí, frente a mí. No era el perfil, había pensado, no era…
Nos sentamos frente a él como unas zombies, tal vez no queríamos ver, no queríamos entender la gravedad. Yo no grité, no pregunté por qué, no me enojé, solo escuché todo lo que empezó a contar, y lloraba con él, me enteré así de una parte de su historia de consumo, una parte de su desesperación por querer zafar y no poder solo, no poder solo.
Todas sus señales, sus pistas, todo quedó a la vista, a la intemperie…no había tiempo que perder, ya no. El límite máximo había sido traspasado. Era el momento de gritar BASTA!
Ni nos encerramos, ni nos desesperamos, nos ocupamos inmediatamente. No quería yo volver a equivocarme, no quería porque sabía, tenía la absoluta convicción de que en esto se me iba la vida, mi vida, su vida, la vida de mi familia.
Y no estuve sola. Cada uno aportó lo suyo. Y mi compañero, mi esposo, tomó la posta y no dudó. Yo dudaba, pero entonces, de a poco, comencé a confiar y a cambiar, comencé a cambiar lentamente. Apretar los labios, respirar profundo, asumir el papel que tenía que cumplir en esta historia, aguantar los desgarros interiores y confiar. Yo tampoco iba a poder sola. Nadie puede solo. Buscar ayuda era lo primero y ya no había que dudar. No había tiempo para dudar.
Nunca nada sería igual. Lo que aún yo no sabía era que esa oscuridad inmensa que sentí, ese vacío desgarrador que me hacía agonizar, iba a transformarse en poco tiempo en una paz que nunca había conocido.
Destrucción
¿Cuantas calles caminaste?
Escondido y desnudo
Cuántas calles,
Cuántos caminos
Dando vueltas
Montevideo,
Dando vueltas
Sin salidas, sin puertas, sin llaves
Cuántas veces fue tu muerte
Cuántas veces la llamaste.
Cuántas calles descalzo, recorriste, viste, buscaste.
Cuántas salidas que no encontrabas,
cuántos círculos que se cerraban.
Dando vueltas,
Montevideo daba vueltas
y vos dabas vuelta con la ciudad.
La ciudad ajena, lejana, gris sobre la espalda.
Sobre cuántas veredas tuviste que caer,
tuviste que llorar,
tuviste que vomitar,
tuviste que gritar.
Sobre cuánta gente, antes.
Cuándo te perdiste,
cuándo dejamos de encontrarte.
Cuánto, tanto te perdiste, te heriste, te herimos.
Cuantas calles te vieron así,
pidiendo monedas, limpiando vidrios,
haciendo esquina, poniendo el cuerpo,
mezclando mierda con más mierda y más mierda,
queriendo huir, morir.
Cuántos dolores, cuántos pedazos.
Cuanto pasado que fue.
Memoria que no hay que perder.
(todos los textos que figuran aquí son míos, salvo que se indique expresamente lo contrario).

